Osorno, con sus 174.000 habitantes y ubicada a orillas del río Rahue, se asienta sobre una geología muy particular: los suelos trumaos, derivados de cenizas volcánicas andinas, dominan el paisaje. Estas cenizas, depositadas por la actividad del cordón volcánico Puyehue-Casablanca, generan un material limoso de alta plasticidad que sorprende a ingenieros foráneos. Lo que más vemos en esta zona es que un material que parece estable en seco se desmorona con la humedad característica del sur chileno, lo que obliga a un control riguroso de compactación. Por eso, el ensayo Proctor, tanto normal como modificado, no es un trámite de laboratorio sino la única manera de anticipar cómo responderá el suelo bajo cargas de pavimento o fundación. En la práctica, un relleno mal compactado en Osorno se convierte en un pasivo costoso cuando llegan las lluvias invernales, y la densidad seca máxima que arroja el Proctor es el estándar contra el cual se fiscaliza toda obra de movimiento de tierras. Complementamos este control con el ensayo de densidad in situ para verificar que el terreno realmente alcance ese valor de referencia durante la ejecución.
En trumaos osorninos, la diferencia entre Proctor normal y modificado puede ser de 0,15 t/m³ en densidad seca máxima, suficiente para evitar asentamientos diferenciales en pavimentos.
